Milagro del Buen Nombre

Milagro del Buen Nombre

Nombrar tiene algo de místico. Un algo divino. Vaya por delante que una es atea, a la manera de Buñuel; en mi caso, por gracia del colegio de monjas. No debería pues hablar de milagro, o no en el sentido de la primera acepción del término, pero sí considero que lo es el acto de alumbrar el nombre largamente buscado; ese clic, ese momento tiene algo de maravilla, de prodigio. Un eureka inesperado, —que muchas veces sorprende en duermevela, fregando o en la canceladora del metro, y no frente a la pantalla ni el papel— que engancha y fascina.

He visto cosas que no creeríais… Columnas enderezarse más allá de 90 grados. He visto ojos brillar en la oscuridad de la sala que exige el proyector… Pechos ensanchándose, guiños cómplices y sonrisas plenas donde poco antes había un mohín suspicaz o una mueca crispada. Reunirse con clientes escépticos o emprendedores desesperados que ya han visto la carita a su criatura pero aún no pueden llamarla; reunirse, decía, y ver el milagro que opera en ellos “el buen nombre” es algo impagable. Ser la artífice de este alumbramiento es lo que me fascina de esta profesión tan apasionante y necesaria, aunque tristemente desconocida.

He trabajado como diseñadora gráfica dos décadas, sobre todo creando identidades corporativas para clientes o emprendedores que a veces me encargaban aquéllas a partir de un nombre francamente malo, creado en algún brainstorming improvisado una tarde de sábado con amigos y unas cervezas… Así, me encontré a menudo ocupándome de esta tarea, a pesar de no tener formación al respecto, ni plena consciencia de que ésta era una profesión por derecho propio. Creé mi primer nombre y marca registrados, buroplanet, en 2007.

Empecé a formarme. Seguí trabajando como diseñadora, constatando cada vez que creaba un nuevo nombre que nombrar era lo que más disfrutaba en cada proyecto. Y llega el momento epifanía total, cuando cae en mis manos el libro “El Nombre de las Cosas”, de Fernando Beltrán, poeta y padre del naming en este país, al que admiro profundamente. Caigo rendida ante él y, ya de manera absoluta, ante la profesión, reafirmándome en que es la actividad a la que quiero dedicarme de por vida. Y en ello estoy.

Yo te bautizo. Amén. 😉

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Imagen: Roy Batty por Marta Deer


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